Idea:
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30/11/2025
Irabiel Encines

Žižek: Cine y deseo

“El cine es el arte pervertido por excelencia. No te da lo que deseas, te dice cómo desear.”

Esta es la idea central del documental Manual de cine para pervertidos, dirigido por Sophie Fiennes, escrito y protagonizado por Slavoj Žižek; filósofo y psicoanalista esloveno. 

Lo interesante del documental es justamente estas dos ramas desde las cuales Žižek habla sobre el cine. Lejos de ser un análisis formalista o una revisión histórica, se plantea una lectura sintomática del cine; una indagación que busca, por un lado, encontrar las conexiones entre las películas y los conceptos del psicoanálisis lacaniano, y por otro el otro lado, diagnosticar la función que el cine desempeña en nuestra sociedad. Así que, recorramos las ideas traídas por Žižek para comprender, poco a poco, por qué el cine es el arte pervertido por excelencia. 

La realidad sostenida por ficciones 

El problema del deseo no es que sean satisfechos o no, hay algo más importante, y es que cómo sabemos lo que deseamos. El ser humano a diferencia de los animales no se rige mediante el instinto, se rige por el deseo. Y el deseo, en vez de ser un impulso natural, es una fuerza fabricada artificialmente; no nacemos sabiendo lo que queremos. En cambio, nos tienen que enseñar a desear, ¿Quiénes?, los otros; la cultura, el lenguaje, modelos sociales y familiares, así, deseamos lo que el otro desea.

Dice Žižek que el deseo es una herida de la realidad. Se refiere a que el deseo nos señala algo que falta, es la prueba de que la realidad no es suficiente, de que hay una incompletud en nuestra existencia. Cuando deseamos algo, nuestra percepción de la realidad se altera. Si algo es demasiado traumático o incluso algo demasiado lleno de disfrute, rompe con las coordenadas de nuestra realidad, y por eso, tenemos la necesidad de ficcionar.

Bajo esta premisa entonces, la ficción no es lo opuesto a la realidad, más bien, es el lente por el cual podemos interactuar con el mundo. Si le quitas a nuestra realidad las ficciones simbólicas que la regulan, pierdes la realidad misma. Así, la ficción funciona como excusa para escenificar lo que realmente somos.

La función del cine entre todo esto sería, la de domesticar el deseo, es decir, el cine mantiene el deseo a una distancia segura, nos da la oportunidad de experimentar el amor más desbordante, los horrores más viscerales o los deseos más profundos, pero desde la distancia segura de la pantalla. Podemos tocar el fuego del deseo sin quemarnos. 

Entre las tantas ficciones que intentan explicar la existencia del mundo, Žižek menciona la teoría gnóstica, la cual cuenta que el mundo no fue creado por un Dios perfecto, sino por el Demiurgo, un Dios imperfecto, o en palabras de Žižek; idiota, pues estropeó el reloj del mundo, de modo que nuestro mundo es una creación a medio terminar. Hay vacíos, aberturas, huecos.

En un mundo inacabado e imperfecto, es el cine quién puede proporcionar temporalmente las ficciones y los significados que le faltan a la realidad. Nuestra psique no soporta esos vacíos. Para entender el mundo hoy, necesitamos cine, literalmente, dice Žižek. Solo en el cine obtenemos esa dimensión crucial que no estamos preparados a afrontar en nuestra realidad. 

“El artista existe porque el mundo no es perfecto. El arte sería inútil si el mundo fuese perfecto, ya que el hombre no buscaría la armonía, sino que viviría en ella.”
Andréi Tarkovski

El cine como inodoro

Si lo pensamos, el cine es como un inodoro descompuesto. ¿Por qué? Bueno, pensemos en la función del inodoro; jalamos la palanca y esperamos que la mierda desaparezca mágicamente, se esfuma, no tenemos que preocuparnos por verla de nuevo, pero, ¿Qué pasa si está descompuesto y en vez de desaparecer la mierda, la saca a la superficie haciéndola más notoria? Sería un horror, ¿cierto? 

Pues según Žižek, esta metáfora escatológica se hace presente en nuestra relación con el cine, cuando nos sentamos frente la pantalla en negro esperando que algo surja, y al empezar la película, lejos de ocultar lo reprimido, los traumas, las fallas en el mundo (la mierda), lo hace más notorio, los saca a la luz haciendo espectáculo de ello. 

¿Y si toda la magia del espectáculo mostrado en pantalla es una especie de señuelo engañoso de que estamos viendo mierda? 

Cuando hablamos de Žižek entramos automáticamente en terreno lacaniano, y al hablar de lo reprimido, los traumas y todo eso que el cine saca a flote es lo que Lacan llama “Lo Real”.  No se refiere a la realidad exterior ni a lo material, sino a aquello que se escapa del lenguaje, el trauma que no podemos simbolizar, pero que aún así nos irrumpe en forma de vacío o una falta imposible de llenar.

El cine actúa como un mediador que puede acercarnos a Lo Real. Y aquí está la paradoja; ese inodoro descompuesto es en realidad lo que necesitábamos. Al sacar a la superficie y hacer espectáculo de lo reprimido, de Lo Real, el cine realiza la función opuesta a la represión; la catarsis controlada.

Nos permite sentarnos en la butaca, a una distancia segura de la pantalla, y observar nuestros propios abismos hechos imagen y sonido. Lo que en la vida real sería un evento paralizante, en la sala se convierte en una experiencia de reconocimiento, por aterradora o perturbadora que sea.

Así, la pantalla se revela no como un espejo de la realidad, sino como el síntoma social: el espacio donde la cultura vomita, de forma estilizada, aquello que no puede digerir. El cine no resuelve el horror de Lo Real, pero al hacerlo visible, nos permite, por fin, empezar a nombrar la naturaleza de nuestras propias grietas.

El artificio cinematográfico 

Siempre que se aborda al cine como una ilusión llega a la conversación el típico ejemplo de Matrix, la elección entre la píldora azul, la que hace quedarte dentro de la ilusión, o la píldora roja, que te despierta en el mundo “real”. Sin embargo, Žižek no se conforma entre estas dos opciones y propone la tercera píldora; una que permita percibir no la realidad detrás de la ilusión, sino la realidad dentro de la ilusión misma. 

Si vemos al cine bajo la noción de la tercera píldora, no intentaremos desmantelar la ilusión del cine, ni verlo solo como un producto de entretenimiento, pero sí intentaríamos ver qué es lo real dentro de la ilusión que es el cine. Por eso, creo, que en vez de juzgar a la película por lo que intenta “decirnos”, deberíamos juzgarlas por lo que asumen. 

Sabemos perfectamente que el cine es un artificio, pero aún así nos dejamos afectar por él. Recordemos la película El mago de Oz, cuando Dorothy y sus amigos descubren que el poderoso mago de Oz es solo un viejo detrás de una cortina, vemos cómo la desmitificación no es suficiente, aún después de descubrir el engaño del mago, Dorothy y sus amigos se dejan ser afectados por el viejo detrás de la cortina para cumplir sus deseos. De esta película podemos aprender que, de cierto modo, hay más verdad en la apariencia, la apariencia tiene una afectividad, una verdad propia.

 

Este principio se encuentra en su máxima expresión en desafío del cine moderno. Pensemos en cineastas como Godard o Lars von Trier, en su cine vemos el artificio cinematográfico, no hay intención de esconderlo y aún así seguimos creyendo en la ilusión. Quizá por eso seguimos mirando, incluso cuando el truco se ha revelado. Porque no buscamos la verdad detrás de la cortina, sino la intensidad del deseo que nos hace seguir creyendo, aun sabiendo que todo es una puesta en escena.

La voz

Cuando el cine quiere mostrar el deseo sin decirlo, a menudo se manifiesta en forma de, lo que Žižek llama, los objetos parciales autónomos; son fragmentos del cuerpo o un elemento sensorial que se desprende y adquiere vida propia. El cine al tener la capacidad de fragmentación está lleno de estos “muertos vivientes”, algunos ejemplos son; la sonrisa del gato de Cheshire, las zapatillas de bailarina en Red Shoes (1948), o Tyler Durden en Fight Club (1999).

Pero el que creo que representa mejor los objetos parciales, es la voz. La voz no es una parte orgánica del cuerpo, viene de algún lugar en medio del cuerpo, y aún así la asumimos como parte de nosotros. Žižek la describe como un intruso extraño, un poder extranjero que toma posesión.

Pensemos en el cine sin la dimensión de la voz; el cine mudo. Las figuras mudas son básicamente como las figuras de las caricaturas. No conocen la muerte, el sufrimiento ni la sexualidad. Solo siguen sus deseos egoístas, quieren comer, matar o amar para cumplir su deseo sin culpa alguna. 

Con la llegada del sonido y de la voz, el cine consiguió una nueva dimensión; interioridad, culpa, o en palabras de Žižek, el complejo universo edípico. Marca la ruptura del paraíso ingenuo, como si se tratara de un niño que aprende a hablar, la introducción del lenguaje implica entrar al orden social, la conciencia de la finitud y la mortalidad.

Posición perversa del cine

Žižek afirma que el cine es el arte perverso por excelencia porque no se limita a mostrar al espectador lo que desea, sino que le enseña cómo desear. En el psicoanálisis, la perversión no se refiere a prácticas sexuales desviadas, como se suele entender normalmente, sino a una posición subjetiva particular, se caracteriza por su relación con el deseo del Otro.

El perverso asume que sabe exactamente qué es lo que el Otro desea, se posiciona como el instrumento voluntario que satisface ese deseo. La perversión se caracteriza por una certeza: “Sé muy bien lo que realmente quieres, aunque tu no lo sepas,  yo me sacrifico para dártelo”. 

A diferencia de otros medios que simplemente presentan objetos de deseo, el cine proporciona la estructura misma del deseo. No se limita a mostrar qué desear, sino que establece la forma y la lógica interna mediante la cual debe estructurarse ese deseo. Las películas crean un universo simbólico completo, a través de la puesta en escena, el montaje o la banda sonora, que define qué es deseable y qué no, moldeando así la experiencia del deseo del espectador.

El espectador cinematográfico ocupa la posición del sujeto perverso. Desde la oscuridad de la sala, puede observar sin restricciones las fantasías más intensas (sexuales, violentas o trascendentales) sin que la mirada sea devuelta ni tenga consecuencias. El cine convierte así el deseo, que en la realidad es ambiguo y potencialmente traumático, en un espectáculo controlado y predecible.

En este sentido, el cine no es simplemente entretenimiento, sino un dispositivo que, en su propia forma, encarna y reproduce la lógica perversa de ofrecerse como el objeto que supuestamente conoce y da aquello que el deseo humano, por su propia naturaleza, nunca podrá alcanzar completamente.

¡Gracias por leer!